Perico pasado por Dakar
La tarde del Lunes 3 de enero era una tarde más, bastante gris por cierto… De pronto, suena mi celular. Del otro lado, se escucha la voz de Ale, eufórico, diciendo: “Estoy en los preparativos del Dakar. Esto es muy ñurda!!! Hablan ecuatorianos acerca de Perico, hay un jeep de Kuka (Aclaración: Kuka es un personaje periqueño, dueño de una radio y una carpintería que se dedica a fabricar ataúdes) todo pintado y quemaron la gigantografía de Néstor con la camiseta de Talleres”… Mientras, sin darme cuenta, mi cara esbozaba una sonrisa, me dice “tenemos que estar mañana acá, esto es único, esto es Perico, esto es Ñurda!”… Imposible negarme a una invitación así.
Martes 4 de enero. El reloj marcaba las 13.48. Un cielo completamente despejado y un sol radiante se empeñan en hacernos notar que el 2011 nos daba la bienvenida con temperaturas altísimas. En el estéreo suena: “Yo no sé mañana…”. El destino no avisó que ese sería el tema que identifique a esa época del año… Paso a buscar a Ale y partimos rumbo al vivac del Dakar, para ver de cerca el movimiento de gente de nuestra ciudad en un acontecimiento de tal magnitud. El destino tampoco me avisó que allí viviría una de las mejores tardes de mi vida…

Debo aclarar que, personalmente, el Dakar no era más que un pretexto. No me gustan los autos, los camiones, los cuatris ni las motos. No me interesan los rallys, y mucho menos tenía el afán de conseguir un autógrafo de Saiz… En ese sentido, lo único que podía movilizarme era el sueño de que el príncipe de Qatar me conozca y me haga parte de su harén.. (Cosa que no sucedió, pues si no, no estaría escribiendo…)
Dejamos el auto en la plaza central y comenzamos a caminar. El campamento estaba, más o menos, a unos 1,5 kilómetros de ahí. Ale me pregunta si aguantaré tanta exigencia física. Ante mi propia duda, le contesto: “No sé, de última, me harás a cococho”… Cruzando las vías del ferrocarril nos encontramos con unos pilares que sostienen transformadores de energía, todos pintados de colores varios y chillones, los mismos (colores) que decoran el puente de la autopista Perico – San Salvador… Esto nos dio la pauta que los tonos vivos marcan tendencia en esta temporada, o que los arquitectos de la Municipalidad tienen muy mal gusto.
El trayecto fue muy ameno, con conversaciones y risas varias. Mientras Ale me daba un curso Express de fotografía y yo pensaba si mi celular tenía la capacidad de modificar el número de asas o la apertura del diafragma para aplicar los conocimientos que adquiría en el momento, el entorno nos mostraba un paisaje sumamente curioso: mucha gente caminando en el mismo sentido que nosotros, puestos de comida (mejor dicho, frituras), venta de remeras, vinchas y banderas alusivas a la competencia en la banquina de la autopista, y un tránsito cerrado para los vehículos que no fueran los oficiales.

La cantidad de motoqueros y autos internacionales que pasaban por ese sector de la autopista era impresionante. Gente de distintos lugares del país y el mundo congregados en Perico… A lo lejos se evidenciaba una botella gigante, que resultó ser la propaganda de “Sodas Palau” y se confundía con los carteles, banners y whipalas que auspiciaban la jornada.

Sin darnos cuenta, llegamos al vivac. Cada uno de nosotros iba en sus pensamientos viendo la multitud que nos sorprendía cada vez más, cuando de pronto ¡¡¡ZAS!!! La gigantografía de Néstor con la camiseta de Talleres de Perico estaba sana, nueva, casi hasta con la pintura fresca… Respiramos aliviados al ver que las manos de Kirchner estaban, por un momento, donde debían estar…

De fondo, se escuchaba por altavoces la locución de César “Chiqui” Rodríguez, indiscutido animador de todos los eventos sociales de la ciudad (no por carácter transitivo el mejor). Él se encargaba de entretener a los concurrentes hasta que llegaran los corredores. Grata fue nuestra sorpresa cuando vimos que su cabina de prensa no era más que una escalera tipo tijera en la cual estaba montado, para así poder apreciar (desde la altura) las eventualidades de la tarde. Afortunadamente para él, después le acercaron una traffic y una sombrilla. El techo del vehículo era mucho más cómodo que las barras de madera.
Lo primero que encontramos fue una carpa blanca, donde compramos una gaseosa, cuya temperatura y precio era proporcional al clima. Sin ponernos en exquisitos, hicimos como si nada hubiera pasado y nos propusimos a recorrer el lugar. Entramos a una carpa bastante amplia, donde se exponían los trabajos hechos por los capacitadores y capacitados de los cursos que dictan las distintas áreas de la Municipalidad. Así fue como fuimos entendiendo que el Dakar era eso: Una mezcla de la logística internacional con los dulces artesanales de las señoras de Acción Social; gente hablando en inglés vía manos libres mientras caminaba aceleradamente y muñecas de trapo hechas con telas varias, acompañadas de ballets folklóricos, chicos con trajes de tinkus y el personaje máximo de la jornada: un perico de peluche que bailaba y caminaba arengando a los presentes. Evaluando la situación a distancia, debo reconocerle la labor al cristiano que ocupaba ese traje… Él bailaba aparentando felicidad, cuando ahí adentro debía estar cocinándose al spiedo. Desde aquí mis disculpas por haberme burlado.

Mientras evaluábamos para qué lado ir, escuchamos gritos del tipo: “Qué venga Roly, ladrón!”, “Devuélvannos la plata”, “Dónde está la Mendoza? Claro, para cobrar están, pero ahora no aparecen”, “Valdiviezo, devolvé la plata” (Aclaración: Roly no es más ni menos que Rolando Ficoseco, intendente municipal, “la Mendoza” es la esposa y Valdiviezo, un empleado municipal que estaba tratando de contener a la multitud, pero sin darles solución)… Nos acercamos a una tribuna lindera al alambrado que delimitaba el perímetro del vivac – lugar donde se congregaba el disturbio – y descubrimos que el enojo masivo se debía a que la Municipalidad había dispuesto alquilar asientos (después nos contarían que a 30 pesos argentinos) en esa tribuna para que los espectadores tengan una vista privilegiada de los vehículos… Pero, paradójicamente, los autos de carrera NO pasaban por ese lugar.
Esta situación, además de curiosa, era hasta entendible: No hay nada peor para un fan del automovilismo pagar un lugar bajo el rayo del sol sólo para ver pasar los autos que comúnmente uno cruza por la vereda de su casa, y encima aplaudirlos eufóricos creyendo que se trataba de un cuatri internacional… De hecho, vale aclarar que no apareció ninguna de las autoridades convocadas, y mujeres con remeras proselitistas rojas no nos dejaron tomar fotografías de la escena.
Seguimos caminando sin rumbo fijo, hasta que nos dimos cuenta que habíamos llegado al puente de la autopista. Había gente por doquier y en el medio de la multitud, una monja – hábitos incluidos – sosteniendo una botellita de agua con una mano y las correas de dos perros en la otra. Sin dudas, el Dakar no era más que una mezcla de gente, personajes, gestos, autos y euforia.

Bajamos al vivac y nos refugiamos momentáneamente del sol debajo de una carpa. Igual, ya era tarde. Mi piel reclamaba a gritos no haberle hecho caso a mi mamá y haberme puesto ropa con mangas y protector solar.
De pronto, MOMEEEENTO!!! Llegaba la primer moto. No tengo la menor idea de quién era el conductor, pero sólo sé que “Chiqui”, emocionado, gritaba a viva voz junto a su hermano (ya había llegado en bici –siempre con casco – y se había subido al techo de la traffic en cuestión para acompañar la animación del Dakar) una especie de pseudo inglés-quichua que sonaba como “Llegó la moto, Duspiquinglish?! Duspiquinglish?!”, intentando, de alguna manera, comunicarse con los extranjeros y lograr algún gesto de entendimiento.
Por mi altura precaria y mi poco interés, no sé siquiera de qué color era la moto… Mientras todos los presentes aplaudían y saludaban a los corredores y vehículos de soporte que iban llegando, yo hacía uso de mi condición de mujer envidiosa criticando el look de las mujeres y promotoras que sacaban a la luz sus dotes naturales en pos de captar miradas ajenas.
Bastante agotados y cansados del sol y la multitud, caminamos en sentido contrario al tumulto y nos refugiamos en SUETRA, un complejo con piletas, quinchos, juegos y césped, donde comprar una gaseosa fresca y sentarnos bajo un árbol a conversar fue la mejor decisión que podríamos haber tomado.
Llamé a mi mamá para avisarle que estaba bien y lo primero que me preguntó fue “¿te quemaste?”… Mi respuesta fue inmediata: “No, má… un poquito quizás, pero no está tan fuerte el sol”… Inconscientemente sabía que de haberle hecho caso, esa conversación no estaría sucediendo… Y odio cuando tiene razón…
La sensación de estar abstraída de la locura popular por un rato era magnífica. Éramos dos almas solas, charlando de nada concreto, riendo en demasía como si no existiera el mundo. Se sentían a lo lejos los comentarios de los locutores oficiales, que a esta altura de la tarde eran tres (además de los hermanos Rodríguez se había sumado una mujer de dicción forzada y vocabulario tan fluido como su inglés). De a ratos pasaban por sobre nuestras cabezas aviones, uno de ellos un Hércules, y yo sólo pensaba que por la mera presencia de ese avión por el Dakar, los billetes que se habían mandado a imprimir a Brasil no podían ser trasladados a Argentina y los cajeros automáticos de los lugares turísticos del país estaban vacíos…
Pasado un buen rato y habiendo chusmeado los pormenores de los bailes que en ese club se concretaban con motivo del Rally (que por cierto eran en día de semana y hasta las 6 AM, cuando por legislación en Jujuy los locales bailables y fiestas deben cerrar a las 4), tomamos aire y partimos nuevamente rumbo al vivac…
El sol estaba cayendo. El ambiente estaba más calmo. Del otro lado del alambrado la discordia se habían ubicado los camiones de soporte de algún vehículo de competencia alemán, desde cuyos techos los teutones sacaban fotos e interactuaban mediante señas con el público.

Como no había ningún alemán digno de mi atención, caminamos en torno a la carpa blanca principal, hasta que vimos una aglomeración de gente. Nos acercamos y vimos una especie de hule, donde la gente introducía la cabeza. Temiendo lo peor, nos acercamos aún más y comprobamos que teníamos razón: Dentro de todo el negocio pueblerino que representaba el Rally, un avivado tuvo la idea de hacer un banner con el logo del Dakar, donde los concurrentes que quisieran podían posar y tener de recuerdo una foto con el slogan de “Yo vivi el Dakar 2011”… La vergüenza ajena que sentí fue superada por la sorpresa al enterarme el precio de cada foto en cuestión, pero bueh… Ya lo dice el dicho: “plata que no has de ahorrar, conviértela en foto del Dakar”.

Seguimos caminando y nos quedamos en una especie de ronda, donde un malabarista improvisado intentaba entretener al público con una bicicleta de una sola rueda y lanzando postas al aire. Decidimos alejarnos cuando notamos que no era muy hábil en la recepción de las mismas y por lo tanto un periqueño había resultado víctima del impacto en caída libre.
Alejados del tumulto resulté hogar de una avispa y una pulga que habían encontrado refugio de la vorágine popular en mi cuello quemado.
Al rato, suena mi teléfono. Del otro lado, escucho la voz de mi mamá preguntado un “¿A qué hora vas a venir?”… Claro, eran pasadas las 8 de la noche y yo llevaba ausente del hogar más de 7 horas y sin dar señales de vida. Contesté que ya volvía y comenzamos la caminata de vuelta a la plaza central, a pasos mucho más veloces que los del camino de ida (si hay algo que aprendí como hija es que no hay que desmerecer el tono cortante de voz de una madre por teléfono).
Llegamos en tiempo record al auto – previa parada en una farmacia para comprar un gel refrescante post solar – y me despedí de Ale, agradeciéndole las risas que invadieron mi cuerpo durante toda la jornada.
Cansada, con calambres varios por la caminata que en mi vida hice y una quemadura de segundo grado en la piel, llegué a casa contestando con una sonrisa simpática y un “pero no me arde mucho…” a la frase al unísono “qué quemada te pegaste!” que mamá y papá repetían cada dos minutos.
Un rato después, recibo un mensaje de Ale diciendo que había salido de paseo con unas primas y en la estación de servicio pudo ver a varios competidores cargando combustible. Respiré aliviada al saber que mi compañero de tarde, el presidente de The Ñurda´s (una agrupación que tácitamente formamos desde antes de conocernos), y el motivo por el cual hoy escribo esto, había podido ver – al menos – un vehículo oficial.

Más allá de todo, puedo hoy con certeza afirmar que yo le puse el pecho, literalmente, a la llegada del Dakar a Perico. ¿Valió la pena?… Definitivamente.
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Fue increible ver como Perico puede llegar a un punto cumbre de ñurdismo en eventos así.
Revivir una gran tarde, impagable. Poca gente le pone el pecho, como vos, al Dakar.
Gracias por el atrapante texto.
SOOOOOOOOOOOS DE CHAAAAAAAANTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA
- Te quemaste?… ¬¬
-emmmmm…. naaa… O_O ._. T_T
jajajaja buenisimo el articulo